La noche del Día de Muertos es el momento más esperado para quienes deciden visitar el Centro Histórico de la delegación Coyoacán. Para las 18:30 horas lo único que alumbra las adoquinadas calles –donde acostumbran a vivir filósofos, artistas y escritores– son los faros públicos y los comercios abiertos. Por allí, avanzan, a paso de avestruz, padres de familia con niños en brazos, jóvenes enamorados e incluso adultos mayores en silla de ruedas. La cita es con la muerte; no para irse con ella, sino para iniciar su ancestral festejo.

            El punto de reunión general es en los jardines Hidalgo y Centenario. Aquí, vecinos coyoacanenses y personal de la demarcación gubernamental colocó más de 10 ofrendas. Los pétalos amarillos de la flor de cempasúchil, regados sobre el suelo, son la guía a cada uno de estos altares, dedicados a las víctimas mortales de los pasados sismos de septiembre; a las mujeres más famosas de México, como Frida Kahlo y María Félix; otros espacios adornados con calaveritas de dulce patrocinan cine de temporada, tal es el caso de la película Coco, producida por Pixar y distribuida por Walt Disney Pictures.

            Capitalinas y capitalinos de todas partes de esta ciudad, con más de 20 millones de habitantes, cargan sobre su cuerpo el disfraz que con esfuerzo compraron o con esmero sus mismas manos cosieron, lavaron o diseñaron. Estas personas que posan para la fotografía alrededor del quiosco, encarnan personajes de la cultura nacional: La Catrina, El  Charro negro, El Guerrero maya, La Llorona, El luchador y la autora de la pintura El tiempo vuela junto a su Diego Rivera. Asimismo, se personifica a figuras estadunidenses: Buzz Lightyear, Spider-Man, Iron Man, Blancanieves, Ariel, Elsa de Frozen, Minnie Mouse, Aurora de La Bella Durmiente y decenas más. Cada una de estas representaciones asombra, divierte y emociona a las almas paseantes de este sitio emblemático que representa el “lugar de los que poseen coyotes”.

            Los seres queridos que acompañan a de quienes piden calaverita, esperan sentados sobre las bancas metálicas color verde olivo. Disfrutan un chocolate caliente de la Cafetería El  Jarocho, un vaso de esquites del señor que anda en bicicleta o una tlayuda oaxaqueña preparada al margen de la banqueta.

            La tercera línea, grupo juvenil –una mujer y cuatro varones de aproximadamente 25 años de edad– desde un amplio escenario realizan un cover e invitan a la ciudadanía a olvidarse del frío otoñal y a cantar con ellos Boogie Wonderland de Earth Wind & Fire y Hey jude de The Beatles. Pero ante la exaltación del público que grita: “¡Otra, otra, otra!”, la banda decide continuar con La chica de humo de Emmanuel y El final de Timbiriche. Las personas no parecen cansarse, ahora quieren bailar El listón de tu pelo, Cómo te voy a olvidar y 17 años de los Ángeles Azules.

            Hasta acá deambula el olor a incienso del mercado artesanal. Como éste la noche transcurre entre la  alegría y los recuerdos encontrados, de los seres que viven los primeros años de esta tradición y los que son testigos desde hace más de ocho décadas. Esta fiesta se expande al momento de compartir dulces, abrazos o, mejor aún, cuando observamos el entorno y agradecemos el hecho de estar vivos.

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