Los textos que se pueden encontrar, en los cuales proporcionen una noción o entendimiento general y conexo sobre el sistema político mexicano posrevolucionario, son pocos, por no decir escasos. Por lo general, los textos encontrados se enfocan a hechos o momentos específicos; el Maximato, el periodo presidencial de Cárdenas, el autoritarismo del sistema político, el populismo. Esto, no se tome como una desacreditación hacia estos trabajos, más bien como una necesidad de buscar hacer y proponer una visión general del sistema político mexicano, para aquellos que se quieran introducir en el tema de forma general. Visión que permita entender de manera general y rápida, este periodo de la política mexicana.

Por lo expuesto anteriormente, se tratará en este ensayo hacer un esbozo de los elementos principales, los cuales influían y guiaban a la acción política, de 1940 a1977.  Esperando que no sea solo una presentación de hechos históricos, sino que en verdad se propongan elementos para un análisis político profundo sobre México en su etapa de la posrevolución. Dando prioridad a tratar de entender cómo se llevó a cabo el cambio de un sistema político autoritario a la iniciación de la apertura democrática, así como qué fue lo que permitió que dicha transición se empezara a gestar.

Se ha cambiado la extensión por la profundidad,  ya que es necesario reconocer que este trabajo tiene carencias, sobre todo en plantear los antecedentes más lejanos que permiten en cierta forma la configuración de un Estado fuerte; falta hacer un análisis amplio sobre las consecuencias de la Constitución de 1917 en el sistema político nacional. Asimismo, por la naturaleza del ensayo, este falla en hacer un análisis profundo sobre las limitaciones del Maximato; sobre las consecuencias políticas naciones que traen los cambios del PNR al PRM, y por último al PRI; por último, es necesario, entender la institucionalización de las fuerzas armadas y su subordinación al poder civil.

No es arriesgado querer iniciar el análisis desde 1920, cuando se daban los primeros indicios de que se quería conformar un partido político que pudiera reunir a todas las partes revolucionarias. Como antecedente se tiene a Obregón, con la creación del Partido Liberal Constitucionalista en 1916, el cual trató de reunir a todas las facciones políticas de ese entonces, para lograr un partido fuerte de presencia nacional, y de base ideológica más completa. El fracaso, de esta organización política, de acuerdo con Cosío Villegas (1975), se debió a la imposición de los intereses personales de sus dirigentes sobre los intereses del partido, y el conflicto interno que resultó de la división de dos grupos; aquellos que querían impulsar una reforma para llegar a un sistema parlamentario y aquellos que querían seguir conservando el presidencialismo.

Fue hasta 1922, cuando las intenciones de un nuevo partido nacional revolucionario se materializaron en la Confederación Nacional Revolucionaria; en ella se trató de hacer una organización nacional de las diferentes fuerzas políticas nacionales, sin embargo, al tratarse de solo una confederación y no de la creación de un partido político, esto trajo serias consecuencias de conflictos entre los diversos partidos que conformaban dicha Confederación, ya que no existían un margen de acción permitido, no habían normas, ni procesos prestablecidos para llegar a acuerdos, fue así que lo más importante resultó ser la lucha de intereses y por el poder. Fue con la Rebelión delahuertista que culmina el fracaso de este nuevo intento de consolidar una fuerza revolucionaria nacional.

Lo mismo; el fracaso, ocurrió con el intento de 1924 con la Alianza de Partidos Socialistas. Sin embargo, la necesidad política de acabar con los partidos localistas, los cuales por obvias razones tenían una influencia muy débil y escasa en la transformación de la realidad nacional, con excepción de casos muy particulares como el Partido Nacional Agrario (PNA) y el Partido Comunista de México (PCM), los cuales lograron ser más que partidos localistas, pero tampoco fueron nacionales. Estos partidos políticos locales, respondían a intereses particulares y un a proyecto local. Su autonomía de operación era controlada por los caciques de la zona, generales y caudillos.

Era difícil que con esta fragmentación tan enorme de los sentires y necesidades de la nación se pudiera avanzar por el camino dibujado por la Constitución de 1917, era necesaria una organización nacional, que tomara la batuta para que guiara a la nación, que garantizara estabilidad política y dejara atrás las luchas de los caciques por el poder político. Por ello, antes de que la nación se viera sumida, de nuevo, en otro posible conflicto armado sobre todo por el reciente asesinato de Obregón, y para establecer las bases para construir lo expuesto en la reciente Constitución, Calles en 1929 convoca a la conformación de un partido político; el Partido Nacional Revolucionario (PNR).

El PNR, no fue aceptado por todos los actores políticos, los más inconformes fueron algunos obregonistas, los cuales trataron de echar abajo su conformación. “El Plan de Hermosillo fue un momento de gran peligro, pero afortunadamente para Calles y su partido sus efectos fueron menores que su posibilidades” (Meyer, 1977, p. 14). Es allí, en 1929 cuando se logra una estabilidad política nacional, la configuración política del país, y por ende, del sistema político es otra. Durante este periodo; 1929-1940, se va construyendo un presidencialismo de poderes y facultades enormes, en comparación con los otros dos poderes; el legislativo y el ejecutivo.

Asimismo, se logra, durante este periodo que el gobierno y la Constitución del 17 tengan coherencia, es decir; el gobierno en verdad hacía arduos esfuerzos para cumplir los mandatos constitucionales o por lo menos plantar las bases legislativas, institucionales, políticas, económicas, de una nación que se suponía en un futuro lograría consumar por completo su revolución en los hechos y no solo en los formalismos constitucionales. La “Revolución permanente” se materializaba en el gobierno, en sus acciones sobre todo, llegando a su auge con Cárdena, con él, el partido –el segundo elemento más importante en el sistema político posrevolucionario, solo después del presidente- fue reformado, se convirtió en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

A la par de la construcción de un presidencialismo con poderes constitucionales y metaconstitucionales amplios, así como el esfuerzo por llevar acabo la materialización de la Revolución, surgió como fuerza política hegemónica el PRM.  En 1945 convertido en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), con Manuel Ávila Camacho. Fue allí, durante ese mandato presidencial de 1940 a 1946, cuando el proyecto iniciado en 1929 es sofocado y desviado de tal manera que durante las siguientes décadas, de manera gradual, se irá demostrando como el PRI no fue ni es lo que el PNR se propuso ser.

Para fines prácticos, entonces, se puede establecer que el sistema político mexicano iniciado en 1929, término en 1940, en así como también, más adelante se establecerá que el sistema iniciado en 1940, empieza a declinar en 1970 y de manera más específica, con la reforma Política en 1977. Con esto hay que señalar una característica fundamental que ha tenido México; los cambios, que ha tenido de sistemas políticos y dentro de los mismos, a partir de 1929, han sido reformistas y no revolucionarios (Córdova, 1982). Es decir, son un proceso, son graduales, no se consuman de un día para otro, por ello, el establecer una fecha exacta solo es para fines prácticos a la hora de hacer el análisis. Los límites de cuándo se ha dejado lo pasado para entrar al cambio y lo nuevo, no son tan claros.

En 1940, con el inicio de la presidencia de Manuel Ávila Camacho, hasta 1970-1977, con el inicio y término de la presidencia de Luis Echeverría, el país se encontró con un sistema político cerrado a la participación libre en la política y a la oposición del régimen, con un partido hegemónico al servicio del presidente de la República, el cual cuenta con extensas facultades otorgadas por la misma Constitución de 1917 y otras más obtenidas  en el cabildeo del espacio político de manera metaconstitucional (Cosío, 1975). Es decir, en pocas palabras, como ya se ha establecido en casi toda la literatura sobre este tema, México tenía un sistema autoritario.

Otro elemento, que sale a relucir, con el cual se pretende explicar, la mayoría de las veces, la legitimidad y la perduración por mucho tiempo de ese sistema autoritario es la buena economía que tuvo lugar durante esa época. La política nacional[1], a pesar de que se había alejado ya de los principios revolucionarios y de la tendencia de ir hacia la “izquierda”, resultó eficiente para conseguir un progreso económico a pasos agigantados; el PIB, “llega al 6.3 y mantiene este promedio de 1941 a 1965” (Cosío, 1975, p.52). Sin embargo, no siempre el desarrollo económico se traduce en estabilidad política, como lo estableció Huntington (1997) en “El orden político en las sociedades en cambio”.

Por otra parte, buscar una razón más por lo cual el sistema político autoritario perduró por tanto tiempo, nos orilla a establecer que el autoritarismo era un precio a pagar por la estabilidad política, la cual no se pudo haber lograr si se hubiese tratado de establecer un sistema político más democrático. Todos los actores políticos, así como la opinión pública en general, estuvieron dispuestos a pagar dicho precio. “El papel central que el Estado ha desempeñado en el desarrollo de México, como a nadie puede escarbar, corresponde en realidad al hecho de que el Poder Ejecutivo ha sido fortalecido, como único camino para que el Estado desempeñe tal papel” (Córdova, 1982, p.45). Al parecer, no había, en ese momento, otra forma con la cual el país pudiera salir de la crisis que se encontraba.

En cuanto al desarrollo económico, si se profundiza más sobre él nos encontraremos que “las retribuciones a los distintos contribuyentes al progreso eran marcada e injustificadamente desiguales” (Cosío, 1975, p.66). Es decir, el beneficio del gran desarrollo económico no llegaba a todos los mexicanos, y muchos menos a los más vulnerables; campesinos y obreros. Entonces, no se puede tomar al desarrollo económico como factor importante y directo de la legitimación y perduración del autoritarismo en México.

“No solo el público, sino los periodistas profesionales, creen que el gobierno es el único obstáculo a la libertad de la prensa mexicana” (Cosío, 1975, p. 77). La poca libertad que tenían los ciudadanos, sobre todo la libertad de expresión era una de las características más importantes del régimen mexicano, tuvo su auge en los sesentas. No se toleraba crítica alguna al gobierno en turno, sobre todo al presidente, tampoco se permitía crítica alguna hacía el partido oficial. El precio a pagar por la estabilidad política resultó ser mayor que los beneficios, cuando los movimientos sociales y aquellos ciudadanos que querían manifestar inconformidades sobre la política nacional, fueron brutalmente silenciados como resultado mismo y natural de un sistema autoritario, cuando éste se ve perturbado.

“La motivación de los estudiantes en esas dos ocasiones [1968 y 1971] es sumamente compleja, de modo que su actitud de protesta ha de atribuirse a una buena variedad de móviles. Y sin embargo, nadie puede dudar de que uno de ellos fue una profunda insatisfacción con la vida política del país” (Cosío, 1975, p.79).

La inconformidad sobre la vida política nacional tuvo su estallido a la par de que el gobierno de Díaz Ordaz terminaba. De manera tangencial, la estabilidad económica se venía abajo, el modelo político implando en 1940, estaba llegando al máximo de su capacidad, asimismo, el modelo económico. La ilusión de los sesenta, de que México, llegaría al Primer mundo se empezó a desmoronar. Ilusión, porque el país nunca estuvo cerca de pertenecer al Primer mundo, el único progreso que tenía era el económico, en todos los demás requisitos que se necesitaban para ser una nación desarrollada sufría carencias muy grandes; sobre todo la poca o nula democratización de la política, la dependencia de la economía nacional de capital extranjero, por mencionar algunas.

Es así, como cuando la economía empieza a ser raquítica, el único disfraz que encubría los verdaderos problemas de la nación se cae, quedando al descubierto el sistema político. Fue con Echeverría, que se posibilitó observar las dimensiones de los problemas nacionales. Desde su campaña electoral para la presidencia, se veía que sería diferente a los anteriores cinco presidentes (Cosío, 1975). Quizás, el adoptar está aptitud se deba a que ya no era posible esconder más la realidad nacional; la desigualdad económica, la economía que empezaba a ser mala, la nula libertad de participación política y de expresión sobre todo en la prensa, la no pluralidad política, la poca o nula democracia del sistema político, la incapacidad de las instituciones de resolver o hacer frente a todos estos problemas.

“El Presidente ha incitado a grandes sectores sociales, obreros, campesinos, estudiantes, a exponer públicamente sus quejas. Esto […] ha creado la idea de que hay en México una <apertura democrática>” (Cosío, 1975, p.103). La posibilidad que le otorgó Echeverría a la ciudadanía en general de ejercer su libertad de expresión, fue insólita. Las voces, opiniones, críticas, explotaron como una bomba, con ello se creó la percepción de que la nación estaba más mal que nunca antes. Se tocaron problemas que antes no se traban ni por error, pero que siempre habían estado allí, su nacimiento se debió a otros tiempos y otras circunstancias.

La naciente crisis del PRI era innegable, su separación de una ideología, su pragmatismo, oportunismo político, el alejamiento de tomar a la Revolución mexicana como su principal bandera, y por último la reforma de sus estatutos, principios y plan de acción, terminó por demostrar lo ya evidente; la necesidad de una renovación y transformación profunda del partido. No ajeno a ello, Reyes Herodes cuando llegó a la presidencia del partido, de manera inmediata mostró sus intenciones democratizadoras.

No toda buena intención se traduce en buenas acciones, así lo establece Cosío (1975) “los tres <documentos fundamentales> que salieron de la VII Asamblea no son obra de políticos sino de intelectuales y, si se me permite expresarme con franqueza, de un intelectualidad oscura y pretenciosa, es decir, de una intelectualidad poco inteligente” (p. 113). Y después, abunda en ello; “todas las Declaraciones de Principios por ser documentos largos e <históricos>, incapaces, por lo tanto, de ser entendidos y apropiados por el común de los mortales. La actual Declaración, lejos de remediar ese mal, lo ha recrudecido hasta el extremo” (Cosío, 1975, 114). Esto no demuestra, más que, por un lado el deseo de algunas autoridades de cambiar lo necesario y echar mano a los problemas sociales, aunque sea de manera arbitraria y por el otro el comienzo del proceso democratizador en México, el cual se ve más claramente con la Reforma política de 1977. Proceso que acaba de consumarse hasta el 2000 con la llegada de la alternancia.

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía.

1.       Cosío, V., D. (1975). El sistema político mexicano. México: Cuadernos de Joaquín Mortiz.

2.       Meyer, L. (1977). La etapa formativa del Estado Mexicano contemporáneo (1928 1940). EN LAS crisis en el sistema político mexicano 1928-1977 (págs. 5-30). México: El Colegio de México

3.       Camacho, M. (1977). Los nudos históricos del sistema político mexicano. En Las crisis en el sistema político mexicano 1928-1977 (págs. 151-217). México: El colegio de México.

Bibliografía complementaria.

1.       Córdova, A. (1982). La formación del poder político en México. México: Época Ed.

2.       Garrido, L. (1986) El Partido de la Revolución Institucionalizada, México: SIGLO XXI Editores.



[1]No se puede hablar de una política nacional como tal; sería correcto señalar y que solo se podía hacer política desde el PRI y algunos otros espacios muy reducidos en el gobierno y desde el sector privado. 

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