¿Por qué siempre queremos probar cuán verdadero, honesto, leal, puro y demás adjetivos superfluos que dirimen hacia la efímera perfección, cuando hablamos sobre nuestra situación amorosa?

Es decir, es algo harto trillado el ciclo amoroso de una relación que luce ser irrompible e impenetrable y al final, algunas quizá prematuras otras quizá muy tardías, acaban…dejando meros recuerdos, rencores y demás pasiones.

Y se vuelve más común ese lazo tan fuerte que formamos con otras personas, el que llegamos a concebir perfecto e inmune a todo; el tiempo, las personas, las adversidades…pero no a la realidad.

Me atrevo a decir que estamos en un punto en dónde nuestra debilidad humana por la aceptación nos lleva a querer aferrarnos a lo que nos hace sentir seguros, felices, estables…y al estar junto a una persona que nos brinda esa sensación nos invade una inmensa satisfacción que no nos permite poner los pies sobre la tierra para poder diferenciar una relación real de otras pasajeras…

No podría decir que el amor no existe, pues estaría cayendo en la negación más vana e infeliz de la humanidad, lo que sí afirmo es que la necesidad de aceptación, reconocimiento e idolatría por parte de otros nos está alejando de la verdadera esencia del amor, que son la aceptación, el apoyo y la solidaridad, convergiendo en el más estable, idóneo e íntegro vínculo social entre dos personas.

El amor no es el problema, el problema está en nuestra incapacidad para diferenciar los mundos que nos rodean. El mundo de lo efímero; las redes sociales, las comunicaciones on line, el internet y la tecnología. El mundo de lo real; la familia, las instituciones, las asociaciones, grupos, cooperativas sociales y demás construcciones emanadas del hombre y de las necesidades que ha creado para sí y para sus comunes. El mundo de lo natural: los aspectos que componen la biota, cada ecosistema, cada región natural que cohabita con nosotros.Iabas

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