Existe el ruido y existe el sonido. Existe el sonido con ritmo, y existen los compases.
También hay sonidos que forman melodías, y hay timbres para medir las melodías.
Por separado, el ritmo y la melodía pueden existir sin necesitarse uno al otro y, aún así, formar grandes piezas sonoras; pero cuando se entrelazan en un perfecto equilibrio acústico y conformar una sola pieza, están en armonía y conforman lo que nosotros llamamos música.

La música es un arte, con la capacidad de cautivar, según me han dicho, hasta las peores bestias, y al igual que todo arte, se rige bajo la misma regla que las pequeñas misceláneas de nuestras calles: no se hace ajena a nadie por raza, sexo, religión o cualquier otro motivo; es y se hace siempre universal.

Recuerdo haber aprendido esas definiciones en la secundaria, y por un motivo muy específico e inquietante, fueron palabras que dejaron una gran impresión en mí: si la música, pese a ser así de universal, tenía tantas reglas y condiciones que la hacen ser y hacer lo que es y lo que hace, ¿cómo hay ruidos a los que se les llama música y sonidos a los que no se les concede esa tan noble categoría?

Claro, el gusto juega un papel importante en esa batalla. Y lo cierto es que, al oído, y no al gusto, hay que entrenarlo. Porque entre un buen gusto y un buen oído, existe un abismo, a veces más grande, a veces más pequeño, pero siempre determinante.

Ese es mi cometido con esta sección, entrenar nuestro oído con la práctica en varios eventos dentro de la ciudad y conocer mejor este hermoso arte.

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