Simplemente un día decidió no salir más. El terror hacia la gente y cualquier acto que aquella realizaba era real, no podía ni siquiera acercarse a una persona, ni aunque fuera su amiga de la infancia. Para esta mujer todo era un signo de advertencia.

        Murió dentro de su casa, sola, pero con una sonrisa en la cara, porque se sentía segura en esa cueva solitaria; sin mascotas, sin pareja, sin hijos, puesto que hasta a ellos les tenía miedo; ningún alma podía acercársele, no importaba si ésta era íntima o no.

        Ya nada pudo hacer provocar su salida. El hambre feroz y la sed no eran impedimento para ella; dijeron los médicos que sobrevivió más tiempo del destinado a una persona sin esos recursos. Su soledad, y su amor por ésta, fueron muy fuertes, tanto, y tan apegados a ella, que prefirió morir. La encontraron tirada, sin vida, pero con una sonrisa de oreja a oreja y con un brillo especial en los ojos, como si la muerte fuera la única compañía esperada, o tal vez pensó en si se iba de la vida terrenal, le haría estar aún más sola.

        Los testimonios de las últimas personas que la vieron eran muy similares: “ella tenía miedo”, “ya no le hablaba a nadie”, “un día cualquiera la dejé de ver”.

        Mucha gente podrá cuestionar qué tan feliz pudo ser esta mujer, puesto que la soledad vuelve loca a la gente. Para ella fue el caso contrario. Su aislamiento era la cura perfecta para aquella enfermedad llamada sociedad pero, a cambio, ella vivía con este miedo perpetuo a cualquier ser.

        Su vida, común y corriente, terminó esa tarde de verano cuando la asaltaron fuera de su casa. Muchas personas dijeron que ese fue el último día de su vida fuera de su hogar, antes de forzar la puerta de su casa para sacar su cuerpo frío, endurecido y con signos de descomposición avanzada.

        Nunca volvió a recibir visitas, y este es el motivo por el cual la gente dudaba si alguna vez tuvo familia. Nadie la recordaba, ningún individuo se hacía llamar su hijo, su hermano, su padre… parecía que nadie la quería, pero ese no era motivo para buscar la luz del día. No le importaba nada mientras estuviera encerrada consigo misma en aquel bunker llamado hogar.

        Muchos la envidiaron por estar sola, algunos la tachaban de loca o enferma; ella simplemente se encerró un día por miedo al exterior, por miedo a la gente, por miedo a que algo le sucediera, por miedo… por miedo… por miedo…

        Las especulaciones sobre la causa de su muerte fueron muchas. Mencionaban la inanición, el suicidio, un asesinato, por envenenamiento, o cualquier causa existente. Los médicos fueron duros con el caso y dejaron en claro la causa por la cual aquella mujer falleció. Los galenos señalaron que esa mujer, con años de encierro total, murió por miedo, por miedo a seguir viviendo.

                                                                                           – HTBF

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