Basta con contar las reformas federales que se han hecho en México en material electoral a partir de 1977 hasta el día de hoy (Han sido diez: 1977, 1986, 1990, 1993, 1994, 1996, 2003, 2005, 2007 y 2014), y con voltear ver la satisfacción que han causado sus resultados en los ciudadanos, para dar cuenta de que algo está mal en la llamada democracia nacional. Los constantes conflictos que se han ido gestando por el deseo de democratizar el país, en específico desde la presidencia de Luis Echeverría hasta el día de hoy, han desembocado en reformas; existe una constante renovación en el marco legal, siempre hay nuevos elementos que regular, que legislar, que mejorar en la “naciente democracia mexicana”. Sin embargo, después de 39 años, hoy en el 2016, no se logra vislumbrar cuándo terminará de nacer.

Cuando se alcanzó la alternancia en el 2000, las expectativas de la democracia eran altas. Existía cierto pensamiento “místico”, casi, generalizado, de que con esta renovación en el sistema político, se acabaría con todos los males del país, que por fin se acabarían los problemas añejos y profundos que la nación padecía. La idea de que la alternancia por sí misma lograría mejorar a México, de manera repentina, fue tal, que se le tomó como un fin, no como un medio;  no como un elemento de los muchos que necesitaba desarrollar el país, para que éste realmente mejorara.

Las expectativas han sido muy altas, los resultados muy bajos, prueba de ello es que de acuerdo a la encuesta de opinión pública: Latinobarómetro informe 1995-2015, solamente un 19% de los mexicanos encuestados se siente satisfecho con su democracia. Además, solo el 26% cree que las elecciones del país son “limpias”, asimismo, sólo el 21% cree que se “gobierna para el bien de todo el pueblo” y únicamente el 17% “se siente representado por el congreso”. Las cifras anteriores son alarmantes, ponen a la vista que los esfuerzos por reformar al sistema electoral, como el político, no han sido la solución ni lo serán a la necesidad de una mayor democratización.

¿De quién es la culpa? Sería fácil, decir que la culpa de todo la tienen los políticos y en parte sí la tienen, pero sería equivalente a señalar que los problemas que se encuentran en el sistema político solo corresponden y se resuelven desde el ámbito político. La necesidad de alcanzar una mejor democracia, implícitamente lleva consigo la necesidad de tomar en cuenta otros problemas sociales, los cuales se enmarcan en el ámbito económico, así como social. No se puede pugnar por una democracia sólida en un país donde un poco más de la mitad de su población vive en la pobreza; donde la  mayoría de las instituciones y organizaciones formales e informales se mueven por el corporativismo; donde la corrupción y la violencia se encuentran presentes en casi todos los ámbitos de la sociedad.  

A partir de esta experiencia se puede entender que la democratización no sólo es sinónimo de alternancia, de pluralismo de partidos políticos, de crear la posibilidad de candidaturas independientes, de regular más y más el proceso electoral. “El desencanto de la democracia”, por lo menos en México, es real. Lo importante no es legislar cualquier elemento nuevo que esté relacionado con la democracia, sin mirar el contexto social y económico que se encuentra al rededor. El querer siempre acabar con las crisis de legitimidad haciendo nuevas leyes, es una solución muy cuestionada. Es a partir del año 2000 hasta el día de hoy, y con la crisis de legitimidad de la democracia a “flor de piel”, que se puede entender que desligar lo político de su contexto no se puede del todo. 

 

Fuentes de información.

1.       Latinobarómetro Opinión pública Latinoamericana. Informe 1995-2015. Recuperado el 24 de mayo del 2016 de http://www.latinobarometro.org/lat.jsp

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