Un no lugar que bien puede ser Oklahoma, Texas o la pampa argentina, por sus llanuras sostenidas y grises. Las puertas no llevan cerraduras y los hombres se visten de gris (todo esto basado en una muestra). La lengua retorna a ser el latín “La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín.” (Borges, 1989: 53) No se asombran de la aparición de forasteros de otro tiempo, pues su regreso es breve.

Eudoro Acevedo, el visitante como el Rafael de Tomas Moro, es profesor y escritor. Se inquieta por los objetos, por los colores y por los olores. Dice el personaje vestido de gris: “Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido ante todo el olvido de lo personal y local.” (1989: 54)

El pasado desaparece con pasos agigantados, se recuerdan algunos nombres pero no el propio, no hay conteo del tiempo, por ende, no hay historia, ni estadística. Se hacen llamar “alguien”. Poseen, curiosamente un ejemplar de la Utopía de Moro antiquísimo y precioso. La lectura no importa, sino más bien la relectura, la imprenta ha sido abolida, ya que todo se leía para el olvido “porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades.” (55) El dinero ha desaparecido, no hay pobreza y no hay riqueza, cada cual realiza su oficio. Las ciudades también se han extinguido, tampoco hay posesiones ni herencia.

La reproducción también ha desaparecido, el hombre en las postrimerías de su vida debe enfrentarse consigo mismo y su soledad. Hay discusiones sobre las ventajas y desventajas del suicidio progresivo de los habitantes “dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.” (55) Se ha renunciado a los viajes espaciales, no hay museos ni bibliotecas porque es menester olvidar el ayer, cada quien produce las artes y ciencias que requiere, los gobiernos caen en desuso: “Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos.” (56)

Finalmente, ocurren algunos acontecimientos, el espacio refleja elementos de antaño como arpas, manuscritos, muebles, entre otros, al parecer el viaje a la posteridad estaba culminando y el regreso a la actualidad se da en el escritorio de la calle México: “-Es el crematorio- dijo alguien-. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre creo, era Adolfo Hitler.” (57)

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