A 21 de octubre con nueve  días faltantes para la celebración del Halloween y once para día de muertos los comerciantes comenzaron a establecer sus puestos con estructuras metálicas y  lonas coloridas que cumplen su función cuando la lluvia agolpa la ciudad. En cada uno de estos establecimientos, que podrían parecer improvisadas pero la similitud se queda en la primera impresión  del novato, la mercancía ofrecida es en utilidad y  en valor diversa.

Así en un puesto encuentras el disfraz más creativo también el que repetido cien veces evidencia la moda. En otros cuantos  ya se venden  los elementos que pertenecen a una ofrenda tradicional. La naturaleza propia del mercado  requiere de la participación culinaria tradicional: quesadillas, flautas, esquites, elotes, plátanos fritos y la múltiple gama de posibilidades oleaginosas.

La monstruosidad del látex moldeado es igual de fascinante que las telas de los vestidos de Catrinas en distintos colores, tamaños, tallas y diseños; es difícil determinar si quién hace la máscara sabe a qué personaje del horror está reproduciendo al igual que difícilmente podemos asumir que el origen de la catrina de Guadalupe Posada es de dominio público. La multiplicidad de  colores de pelucas y trajes de fantásticos personajes  cuentan su propia historia de uso y valorización momentánea.

En una mesa de venta es tan fácil encontrar una  calavera dulcísima que junto a sus vecinos dulces “no tradicionales” reposa tranquilamente hasta la muerte…

Pero, dejando de otorgar vida propia y capacidad de autodeterminación a los objetos, es tan explícita la mezcla cultural que ahora mismo es la más arraigada. Ese ponche cultural que no se puede disfrutar en cualquier mercado del mundo  y que sólo renace anualmente por motivos mortuorios. Genera un ecosistema que tiene esa capacidad para maravillar y activar la sensorialidad creando una experiencia estética peculiar que parecería bastar en el momento.

Vale la pena acercarse a estos espacios en donde las cosas son confusas, el desorden impera, los olores de las flores, la comida y el copal se mezclan agradablemente y  las filas de calaveras dulces se enfilan aludiendo al tzompantli; Entre colores, humo y olor peculiar se invita al goce de la vida y el festejo por lo incierto.

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